El escritor uruguayo presentó recientemente la segunda edición de
Algunos de los otros (redux), volumen de relatos que está disponible en
internet.
Ramiro Sanchiz (1978) es un destacado
autor uruguayo. Ha escrito casi una docena de libros y publica
regularmente en distintos blogs (entre ellos, Partículas rasantes,
Historietas rasantes, Proust rasante). Hace poco presentó su libro de
cuentos Alguno de los otros (redux) para descarga gratuita
(http://www.otrocielo.com/algunosdelosotrosredux.html). A propósito de
esta nueva edición, Fondo Negro dialogó con él.
—¿Existe algún
eje temático que una los relatos de Algunos de los otros (redux)? ¿O es
más bien un espacio donde se tensionan distintos temas y estilos?
Bueno,
no sé si me atrevería a hablar de un eje temático, especialmente desde
que en un sentido inmediato la temática de los relatos es variada, pero
lo cierto es que todos los cuentos están vinculados a través de un
personaje —que a veces incluso es el narrador— o, mejor dicho, de un
reparto de personajes (Jon, Rex, Federico Stahl, etcétera) y,
además, son propuestos como partes de un mosaico narrativo mucho más
amplio, una macronovela podría decirse, del que cada cuento o cada
novela publicada en rigor no es otra cosa que un capítulo.
—Pese
a que lo explica en la nota final de su libro, ¿podría hablarnos acerca
de cuáles son las diferencias entre esta nueva edición de tu libro y la
primera?
La primera edición, para empezar, incluía cinco textos
que no aparecen en ésta; a la vez, la nueva selección incorpora otros
cuatro; si bien la conexión —en cuanto a lo que te decía sobre la
“macronovela”— entre los relatos ya era asumida en la edición de 2010,
ahora los cuentos elegidos, me parece, se amalgaman mejor. Eso puede
deberse a que la primera edición incluía cuentos relativamente viejos
(uno de ellos de 2001, por ejemplo), previos a la idea de comenzar ese
mosaico narrativo.
—¿Qué gestos plantea el hecho de volver a un
texto publicado y reformularlo para una segunda edición? ¿No es
invalidar la primera edición? O, más bien, ¿sería una forma distinta de
dialogar con la escritura?
No creo en los textos terminados. Creo, en
todo caso, en la vida de los textos. Una vida que es afectada por mis
decisiones en tanto “autor” y, por supuesto, por los lectores y editores
y espacios de visibilidad. En ese sentido, como escritor siento que
puedo continuamente volver a un texto (teniendo en cuenta además su
condición de “capítulo”, de parte de un todo) para reformarlo según
sienta en el momento. Además, las versiones “originales”, o primarias
digamos, persisten: en la web, en los libros, etcétera. En ese sentido,
si vuelvo a publicar un cuento, en rigor estoy proponiendo una variación
nueva, quizá apenas diferente, quizá tremendamente divergente. Ninguna
es la “definitiva”: alguna será la “última”, pero no necesariamente la
“mejor”.
—Escribe mucho en distintos blogs y ha publicado antes
en versión digital. ¿Cuál es la importancia de las (no tan) nuevas
tecnologías para la actividad literaria (para la distribución y para la
creación)?
Creo que ante todo se ha producido en los últimos digamos
10 años una suerte de cambio en el relacionamiento entre un autor y los
textos expuestos a los lectores; entre otras cosas, es más fácil asumir
una postura como la que te comentaba en la respuesta anterior. Porque,
evidentemente, es más fácil ahora que hace 15 años publicar y volver a
publicar. En cualquier caso, me interesan mucho las diversas
posibilidades que se han abierto recientemente, no sólo las digitales.
Pienso, por ejemplo, en las editoriales cartoneras, en las editoriales
gestionadas por entusiastas de la literatura que no persiguen
necesariamente una forma de ganarse la vida y, por eso, pueden apostar
por textos que les parezcan ante todo interesantes. La tecnología
—posibilidades de impresión en tiradas más reducidas, por ejemplo—
también influye ahí.
—En muchos de los cuentos de Algunos de los
otros (redux) la trama gira en torno a la literatura (escritores,
libros, etcétera), ¿hasta qué punto ésta puede crear ficción al volverse
sobre sí misma?
Todo puede ser leído como ficción: la historia, la
filosofía, la biología, la cosmología, por dar unos pocos ejemplos. Y
una interesante ficción es que las vidas sólo existen cuando se las
escribe, como dice Rodrigo Fresán en La velocidad de las cosas.
Entonces, no veo mayor diferencia en cuanto a escribir sobre
experiencias “reales” o escribir sobre otras ficciones u otros textos.
Incluso, si pensara en escribir sobre cosas que “me pasaron”, no sólo
escribiría acerca de, por ejemplo, los años en que toqué en varias
bandas de rock, sino también sobre los libros que he leído. En ese
sentido, las aventuras de Paul Atreides en Dune o los celos del narrador
de En busca del tiempo perdido son cosas que me pasaron a mí. Cabe
pensar que sobre la literatura se produce un discurso llamado “crítica”,
que no parece a simple vista “narrativo”, pero, evidentemente, también
puede asumirse o leerse como ficción; además, ya es una suerte de
perogrullada hablar de intertextualidad y cómo todos los textos se
funden en otros textos.
—¿Cómo se relaciona usted con la
literatura latinoamericana contemporánea? ¿Cómo se podría describir el
momento actual que se está viviendo?
Me interesan muchos escritores
latinoamericanos, la mayoría —supongo que por razones geográficas y de
disponibilidad de los textos— argentinos: Juan Terranova, Pola
Oloixarac, Ariel Idez, Juan Manuel Candal, Hernán Vanoli; también
argentinos y latinoamericanos extra o desterritorializados, como Carlos
Llabé, Patricio Pron, Edmundo Paz Soldán, Rodrigo Fresán, Juan Sebastián
Cárdenas, Tryno Maldonado y Liliana Colanzi. Ellos y ellas me
interesan; la literatura latinoamericana contemporánea, así en abstracto
o como un tema en sí mismo, no tanto. Espero que el momento actual
implique una mayor posibilidad —internet y nuevas prácticas de
publicación mediante— de acceso a los textos; no creo que exista, más
allá de eso, otra constante visible o legible. Si pienso en ponerme a
relacionar a los escritores latinoamericanos recientes que conozco y a
los argentinos y a los uruguayos que leo, sólo puedo concebir un gran
mapa, un territorio de geografía variadísima. Fauna, flora y geología
heterogénea, digamos. Más allá de esto, a lo largo de mi vida como
lector (e incluso como escritor) no podría decir que mis mayores
fascinaciones —o los escritores que creo que me marcaron— vienen de la
literatura latinoamericana.
1978 es el año en que nació el escritor Ramiro Sanchiz en la ciudad de Montevideo, Uruguay.
Publicada originalmente en el suplemento Fondo Negro del periódico La Prensa, La Paz, Bolivia, el 9 de septiembre de 2012
domingo, 9 de septiembre de 2012
miércoles, 13 de junio de 2012
"El virus de la narración", entrevista de Leticia Martin para Revista Tónica #2
¿Cómo hiciste para escribir ocho libros a los 33 años?
Según Juan Manuel Candal voy a morir a los 45 años, pero yo no me fiaría mucho de ese pronóstico. Me resulta curioso pensar ahora, en retrospectiva, que todos son del 2008 para acá. Cuando empecé con Stahl, personaje de varios libros míos, me tomó dos años acumular cientos de páginas de nada. Las tiré y empecé de nuevo. Escribí 01.lineal, después Perséfone y algunos cuentos. Ahí fue cuando agarré envión. El otro día comentaba con mi amigo Rodolfo Santullo, que ahora publica un libro de cuentos con Llantodemudo Ediciones, de Córdoba, que cuando termino de escribir algo como mucho me paso un día sin escribir.
¿Leer es una actividad paralela a escribir?
Cuando estoy escribiendo leo poco y rápido: unas horas nomás, de noche o después de almorzar. Ponerme más serio con la lectura me implica invariablemente escribir menos. En verano me iba a Piriápolis, por ejemplo, y me pasaba leyendo del viernes al domingo.
¿Usás alguna droga para escribir?
No. ¡Ni café tomo! Estoy tratando de bajar un poco la ansiedad. La marihuana me pone muy ansioso también, por eso dejé de fumar hace ya unos años. Tomo té de tilo, ese tipo de cosas de vieja que, por ahora, un poco me resultan.
¿Escribís conectado?
Sí. Cancelo los procesos paralelos cuando veo que hay algo especial en lo que estoy escribiendo. Corto FB, MSN o lo que sea. De todas maneras la distracción es fundamental. Yo vivo en un perpetuo estado de semi distracción que me permite escribir y ver lo que escribo al mismo tiempo. Como en dos líneas paralelas, casi diferidas, una especie de canon.
¿Cuándo se es escritor?
Me parece que los escritores que “dan cuenta” de las cosas son los que se portan bien. No me interesa ser ese tipo de escritor. Cuando se vio algo y se sabe que hay que escribirlo; cuando no se puede vivir salvo en la escritura; cuando abrís un largo juicio a las palabras, cuando sentís que lo que estás diciendo está entre comillas, o peor, cuando sentís que estás pensando entre comillas. Lo de los premios es lo menos relevante en lo que pueda pensar. Antes escribía para ganar minitas, pero luego me di cuenta de que con la
música era más fácil.
¿Qué efecto querías lograr cuando elegiste narrar los flashbacks en Trashpunk?
Me pareció que era una manera de interrumpir un poco el relato lineal. La primera versión del texto la escribí en una sentada en dos días, pero era mucho más corta y en plan Stahl rememorando, como otro fascículo más de su autobiografía. No me convenció, así que empecé a tocar cosas y a introducir la otra trama, la de las vecinas. En algún momento me gustó eso de poner “Flashback 1”, sin transiciones ni continuidad. Aparte me gusta la palabra “flashback”. Era un gran videojuego que tuve en la primera PC que me compré, hace ya tiempo.
¿Qué es el Salvo y qué querés representar ahí?
El Salvo es un edificio muy icónico de “Tontovideo”; acá lo odiás o entrás en toda la mística boluda del Montevideo sesentero rescatado por los tipos que tocaban Canto Popular en los ‘80. Curiosamente en Buenos Aires hay un edificio del mismo arquitecto, Mario Palanti, que está en Avenida de Mayo: el
Palacio Barolo. Me gustaba esa cosa medio de nave espacial rococó. Rock-cockcó. El Salvo es un lugar feo, yo medio que detesto esa parte de Montevideo, la Ciudad Vieja, es como un cliché pegado a la calle y en estado avanzado de descomposición después de tantos años.
¿Cómo se gana la vida un escritor bastante publicado del otro lado del Río de la Plata?
Laburé hasta hace poco haciendo tareas de edición en una ONG, pero es algo bastante zafral, que tengo año tras año entre marzo y septiembre u octubre. El año pasado por alguna razón las cosas se extendieron y estuve hasta hace poco ahí; ahora retomaré más cerca de fin de año. Mientras vivo de ahorros y
curritos varios, como escribir reseñas.
¿Por qué decidiste publicar en la editorial del CEC en formato digital?
Me convenció Juan Terranova; yo antes quería una edición de lujo, tapa dura, papel de alto gramaje, ilustraciones y todo eso. Pero de un día para el otro me compré un Kindle y publiqué Trashpunk. En realidad me da lo mismo papel o digital; creo que lo que importa es la vida de los textos. Aunque me encantan los libros de papel y cartón, y pienso seguir acumulándolos toda la vida, pienso que un texto que podés descargar gratis tiene otro tipo de existencia: te pueden leer quién sabe dónde, gente a la que no llegarías con el sistema más simple de edición. Por ejemplo, uno de mis editores en Montevideo no puede hacer entrar sus libros a Buenos Aires, por lo que mi última novela se quedó acá, pese a queunos cuantos lectores argentinos la estimaron, quizá más que muchos uruguayos. Esa es la vida de esa novela hasta ahora. Con Trashpunk pasa otra cosa. Los textos deben circular.
¿Cuánto hay que corregir un texto antes de publicarlo?
Tenés que corregir, pero tampoco me sirve lo que hizo Fernanda Trías: se pasó 10 años para volver a publicar la misma novela, que me encanta, pero retrabajada y nunca sabré si mejorada o empeorada. Una vez que publiqué igual puedo seguir corrigiendo ese texto. Me gusta que convivan versiones levemente diferentes de todos mis textos. Trashpunk, por ejemplo: hay una versión en la Revista Axxón que fue considerablemente cambiada en la edición del CEC. La publicación no hace sino fijar un momento en la vida del texto, que podrá evolucionar para otros lados desde mis manos y desde las lecturas de la gente a la que le llegue. Dejo de lado el sentido más simple de que cada lector sigue trabajando en el texto: me refiero al trabajo sobre mundos ficcionales. No te puedo decir que “aspiro” a eso, porque no está en manos de nadie, pero envidio mucho a Lovecraft en ese sentido. Hay escritores que quieren volver a lo que hizo otro antes y continuarlo. Bach se pasaba estudiando la obra de los compositores anteriores y con eso sacaba material para sus obras más ambiciosas, de las cuales también sacaba melodías que usaba a su vez en otras obras; luego de muerto Bach otros compositores tomaron esas líneas y siguieron adelante el proceso. En última instancia no importa Bach, ni importan esas líneas: importa la trama, el relacionamiento. En el último libro
de Juan Manuel Candal hay un cuento que escribimos a cuatro manos; la idea básica era suya, pero me las arreglé para meter a Stahl. Me encantaría que mi literatura fuera un virus que entre en otros libros y los infecte para producir más copias de sí mismo, copias que pueden mutar y evolucionar. Eso es lo que
pretendo breve y resumidamente. Ese es “mi programa”.
Me estás hablando de un virus que infecte la literatura universal. A nivel virtual, un virus te destruye la máquina.
Justamente se habló tantas veces de “romper” la literatura… ¿Qué más nos queda? ¿Qué otra literatura vale la pena infectar? Si encima están todas conectadas. La literatura uruguaya, para empezar, no existe: son un montón de señores y señoras que escriben; la argentina es la que está más cerca.
Publicada originalmente en junio de 2012 en Revista Tónica #2.
Según Juan Manuel Candal voy a morir a los 45 años, pero yo no me fiaría mucho de ese pronóstico. Me resulta curioso pensar ahora, en retrospectiva, que todos son del 2008 para acá. Cuando empecé con Stahl, personaje de varios libros míos, me tomó dos años acumular cientos de páginas de nada. Las tiré y empecé de nuevo. Escribí 01.lineal, después Perséfone y algunos cuentos. Ahí fue cuando agarré envión. El otro día comentaba con mi amigo Rodolfo Santullo, que ahora publica un libro de cuentos con Llantodemudo Ediciones, de Córdoba, que cuando termino de escribir algo como mucho me paso un día sin escribir.
¿Leer es una actividad paralela a escribir?
Cuando estoy escribiendo leo poco y rápido: unas horas nomás, de noche o después de almorzar. Ponerme más serio con la lectura me implica invariablemente escribir menos. En verano me iba a Piriápolis, por ejemplo, y me pasaba leyendo del viernes al domingo.
¿Usás alguna droga para escribir?
No. ¡Ni café tomo! Estoy tratando de bajar un poco la ansiedad. La marihuana me pone muy ansioso también, por eso dejé de fumar hace ya unos años. Tomo té de tilo, ese tipo de cosas de vieja que, por ahora, un poco me resultan.
¿Escribís conectado?
Sí. Cancelo los procesos paralelos cuando veo que hay algo especial en lo que estoy escribiendo. Corto FB, MSN o lo que sea. De todas maneras la distracción es fundamental. Yo vivo en un perpetuo estado de semi distracción que me permite escribir y ver lo que escribo al mismo tiempo. Como en dos líneas paralelas, casi diferidas, una especie de canon.
¿Cuándo se es escritor?
Me parece que los escritores que “dan cuenta” de las cosas son los que se portan bien. No me interesa ser ese tipo de escritor. Cuando se vio algo y se sabe que hay que escribirlo; cuando no se puede vivir salvo en la escritura; cuando abrís un largo juicio a las palabras, cuando sentís que lo que estás diciendo está entre comillas, o peor, cuando sentís que estás pensando entre comillas. Lo de los premios es lo menos relevante en lo que pueda pensar. Antes escribía para ganar minitas, pero luego me di cuenta de que con la
música era más fácil.
¿Qué efecto querías lograr cuando elegiste narrar los flashbacks en Trashpunk?
Me pareció que era una manera de interrumpir un poco el relato lineal. La primera versión del texto la escribí en una sentada en dos días, pero era mucho más corta y en plan Stahl rememorando, como otro fascículo más de su autobiografía. No me convenció, así que empecé a tocar cosas y a introducir la otra trama, la de las vecinas. En algún momento me gustó eso de poner “Flashback 1”, sin transiciones ni continuidad. Aparte me gusta la palabra “flashback”. Era un gran videojuego que tuve en la primera PC que me compré, hace ya tiempo.
¿Qué es el Salvo y qué querés representar ahí?
El Salvo es un edificio muy icónico de “Tontovideo”; acá lo odiás o entrás en toda la mística boluda del Montevideo sesentero rescatado por los tipos que tocaban Canto Popular en los ‘80. Curiosamente en Buenos Aires hay un edificio del mismo arquitecto, Mario Palanti, que está en Avenida de Mayo: el
Palacio Barolo. Me gustaba esa cosa medio de nave espacial rococó. Rock-cockcó. El Salvo es un lugar feo, yo medio que detesto esa parte de Montevideo, la Ciudad Vieja, es como un cliché pegado a la calle y en estado avanzado de descomposición después de tantos años.
¿Cómo se gana la vida un escritor bastante publicado del otro lado del Río de la Plata?
Laburé hasta hace poco haciendo tareas de edición en una ONG, pero es algo bastante zafral, que tengo año tras año entre marzo y septiembre u octubre. El año pasado por alguna razón las cosas se extendieron y estuve hasta hace poco ahí; ahora retomaré más cerca de fin de año. Mientras vivo de ahorros y
curritos varios, como escribir reseñas.
¿Por qué decidiste publicar en la editorial del CEC en formato digital?
Me convenció Juan Terranova; yo antes quería una edición de lujo, tapa dura, papel de alto gramaje, ilustraciones y todo eso. Pero de un día para el otro me compré un Kindle y publiqué Trashpunk. En realidad me da lo mismo papel o digital; creo que lo que importa es la vida de los textos. Aunque me encantan los libros de papel y cartón, y pienso seguir acumulándolos toda la vida, pienso que un texto que podés descargar gratis tiene otro tipo de existencia: te pueden leer quién sabe dónde, gente a la que no llegarías con el sistema más simple de edición. Por ejemplo, uno de mis editores en Montevideo no puede hacer entrar sus libros a Buenos Aires, por lo que mi última novela se quedó acá, pese a queunos cuantos lectores argentinos la estimaron, quizá más que muchos uruguayos. Esa es la vida de esa novela hasta ahora. Con Trashpunk pasa otra cosa. Los textos deben circular.
¿Cuánto hay que corregir un texto antes de publicarlo?
Tenés que corregir, pero tampoco me sirve lo que hizo Fernanda Trías: se pasó 10 años para volver a publicar la misma novela, que me encanta, pero retrabajada y nunca sabré si mejorada o empeorada. Una vez que publiqué igual puedo seguir corrigiendo ese texto. Me gusta que convivan versiones levemente diferentes de todos mis textos. Trashpunk, por ejemplo: hay una versión en la Revista Axxón que fue considerablemente cambiada en la edición del CEC. La publicación no hace sino fijar un momento en la vida del texto, que podrá evolucionar para otros lados desde mis manos y desde las lecturas de la gente a la que le llegue. Dejo de lado el sentido más simple de que cada lector sigue trabajando en el texto: me refiero al trabajo sobre mundos ficcionales. No te puedo decir que “aspiro” a eso, porque no está en manos de nadie, pero envidio mucho a Lovecraft en ese sentido. Hay escritores que quieren volver a lo que hizo otro antes y continuarlo. Bach se pasaba estudiando la obra de los compositores anteriores y con eso sacaba material para sus obras más ambiciosas, de las cuales también sacaba melodías que usaba a su vez en otras obras; luego de muerto Bach otros compositores tomaron esas líneas y siguieron adelante el proceso. En última instancia no importa Bach, ni importan esas líneas: importa la trama, el relacionamiento. En el último libro
de Juan Manuel Candal hay un cuento que escribimos a cuatro manos; la idea básica era suya, pero me las arreglé para meter a Stahl. Me encantaría que mi literatura fuera un virus que entre en otros libros y los infecte para producir más copias de sí mismo, copias que pueden mutar y evolucionar. Eso es lo que
pretendo breve y resumidamente. Ese es “mi programa”.
Me estás hablando de un virus que infecte la literatura universal. A nivel virtual, un virus te destruye la máquina.
Justamente se habló tantas veces de “romper” la literatura… ¿Qué más nos queda? ¿Qué otra literatura vale la pena infectar? Si encima están todas conectadas. La literatura uruguaya, para empezar, no existe: son un montón de señores y señoras que escriben; la argentina es la que está más cerca.
Publicada originalmente en junio de 2012 en Revista Tónica #2.
lunes, 30 de enero de 2012
"La vista desde el puente" en Efecto Mariposa
La entrevista, aquí.
domingo, 29 de enero de 2012
Un Artigas loco, un Lautréamont asesino
Por Juan Terranova
Estuario Editora, el sello montevideano más interesante del momento, acaba de sacar La vista desde el puente del uruguayo Ramiro Sanchiz. Mezclando novela negra, novela familiar y novela de tesis, Sanchiz genera una ucronía donde Artigas se transforma en emperador loco y conquistador de la Argentina y el sur de Brasil. Aparte, el Conde de Lautréamont es un asesino serial, los Beatles no existen y una secta esotérica está matando líderes aborígenes. Con ese escenario, el crítico Federico Sthal, protagonista principal y casi excluyente de las narraciones de Sanchiz, intenta reencontrarse con la figura de un padre suicida.
Estuario Editora, el sello montevideano más interesante del momento, acaba de sacar La vista desde el puente del uruguayo Ramiro Sanchiz. Mezclando novela negra, novela familiar y novela de tesis, Sanchiz genera una ucronía donde Artigas se transforma en emperador loco y conquistador de la Argentina y el sur de Brasil. Aparte, el Conde de Lautréamont es un asesino serial, los Beatles no existen y una secta esotérica está matando líderes aborígenes. Con ese escenario, el crítico Federico Sthal, protagonista principal y casi excluyente de las narraciones de Sanchiz, intenta reencontrarse con la figura de un padre suicida.
¿Cómo se te ocurrió la idea de La vista desde el puente?
Siempre me interesaron las ucronías, desde mis primeros años de lector obsesivo de ciencia ficción, allá por 1991-1995. Hace unos dos años y medio o tres años anoté distraídamente tres momentos de la historia uruguaya que podrían ser fértiles a la hora de componer ucronías: la dictadura militar de 1973-1985, las presidencias de José Batlle y Ordoñez (1903-1907, 1911-1915) y, por supuesto, la llamada “gesta artiguista”. La primera generó a mediados de 2010 la nouvelle Nadie recuerda a Mlejnas, que fue publicada por la editorial Reina Negra a principios de 2011, y también –escrita en enero de 2010 si mal no recuerdo– la novela La historia de la ciencia ficción uruguaya, que por ahora permanece inédita. Mlejnas, de hecho, es una clara secuela de La historia… En cuanto a la ucronía batllista, hasta el momento he investigado mínimamente sobre el tema y no he logrado dar con un punto jonbar (o punto de inflexión: el instante a partir del cual la historia presentada en la ficción se aparta de la real) adecuado, viable o fértil. La opción artiguista (o antiartiguista, como ha señalado el crítico Gabriel Lagos) llevó casi seis meses de preparación y lecturas; en algún momento de ese lapso di con un relato de la batalla de Tacuarembó (22/1/1820) que me pareció adecuado para utilizar como punto de inflexión. Generado así el marco histórico (alt-histórico, digamos) empecé a pensar en una historia para contar con ese telón de fondo y opté por una historia vagamente policial que involucra un asesino en serie de charrúas (que en esta historia no fueron exterminados, como sí sucedió en la realidad). El asunto “asesinos en serie” me permitió dar con uno de los detalles más interesantes –en mi opinión– de la novela: la idea de que en este mundo Isidore Ducasse en lugar de viajar a Francia y convertirse en el Conde de Lautréamont, opta por permanecer en Uruguay y volverse un asesino serial.
¿Cómo llegaste a esa idea, de Lautréamont asesino serial? ¿Y a la de Artigas dictador loco?
En cuanto a Artigas, me parecía una prolongación bastante evidente del perfil histórico del caudillo. Siempre sentí como especialmente interesante que los uruguayos eligiesen como figura fundamental de la patria a quien esencialmente fue un desertor; al mismo tiempo, la evolución del Artigas “real” entre 1811 y 1820 es, claramente, un proceso hacia el autoritarismo. No me pareció difícil postular que dadas ciertas victorias militares y otros hechos de relieve (campañas de conquista de territorios vecinos, etc), ese autoritarismo incipiente pudiese desembocar en convertir a Artigas en un tirano al estilo de Gaspar Rodríguez de Francia, por poner un ejemplo. La locura, en cualquier caso, es debatida por los personajes de la novela; me pareció interesante ofrecer dudas y versiones también de esa historia, que, como la nuestra, la “real”, no es más que una ficción. Lautréamont siempre me fascinó, desde mi primera lectura del Maldoror allá por 1996. Lo imaginé asesino serial, sí (lo cual es fácil y obvio dado lo narrado en los Cantos: es hasta una lectura primaria e ingenua, me parece), pero también escritor: escribe una Confesión que, en la historia planteada por la novela, es un objeto literario anómalo e ilegible, un poco como fueron los Cantos. Quizá a mi Lautréamont le faltó la ventaja de un movimiento surrealista que lo devolviera a la humanidad; en todo caso, es posible que Federico Stahl, mi protagonista, se haya propuesto oficiar de esa manera.
En la novela, hay un homenaje muy puntual a Levrero citándolo con su “otro nombre”. ¿Cómo se lee a Levrero ahora en Uruguay?
Antes que nada, es posible que se lo esté leyendo un poco más; un poquito más, diría, gracias al trabajo de las dos editoriales trasnacionales que han adoptado su obra y, también, a los esfuerzos de HUM e Irrupciones, que han reeditado buena parte (y de hecho lo mejor, por parte de HUM) de su narrativa breve (por lo “mejor” entiendo Todo el tiempo, Aguas salobres y Los muertos, los tres editados por HUM; La máquina de pensar en Gladys, pese a sus aciertos notables y su simpatía entrañable, no me parece un título mayor dentro de la bibliografía levreriana). Luego está la cuestión de los “levrerianos”, como los llamó un crítico hace ya varios años, grupo de escritores vinculados a los varios talleres que Levrero impartió a lo largo de muchos años; esta sectícula funciona con gran cohesión interna y también lo que parece un conjunto de códigos de fidelidad muy interesantes. No los he leído a todos, pero me llama la atención lo poco levrerianos que son los llamados levrerianos: ninguno o casi ninguno apela al cuidadoso fantástico de la escritura del maestro, por ejemplo; a lo sumo se esfuerzan por recorrer la senda de hiperatención a lo cotidiano y, mínimamente, la vuelta más metanarrativa (El discurso vacío, por ejemplo). Se ha señalado también la influencia de Levrero en escritores de mayor talla, como Pablo Casacuberta (a quien considero terriblemente sobrevalorado), Fernanda Trías, Daniel Mella (quienes escribieron dos de las mejores novelas de la literatura uruguaya reciente, La azotea y Derretimiento, respectivamente) e Inés Bortagaray; ambos fueron amigos de Levrero y recibieron, cabe suponer, su influjo. También me parece interesante pensar que los levrerianos siguen al Levrero pensador más que al Levrero autor de ficciones, y el primero es, claramente, muy inferior al segundo. Pero no sé si estoy respondiendo tu pregunta. En lo personal, estoy decantando una lectura/relectura casi obsesiva de la obra de Levrero, que operó especialmente entre 2007 (todo comenzó con La novela luminosa y la manera en que me convenció de renunciar al trabajo –vendedor de libros en un Shopping– que tenía en ese momento) y 2010; mis amigos escritores más cercanos no están, me parece, especialmente pendientes de Levrero. En cualquier caso, es el último “gran escritor” de la literatura uruguaya, quien, me atrevería a arriesgar una hipótesis, siempre será un autor de culto. Me interesa en este momento colocar a Levrero casi en las antípodas (la izquierda, digamos) del centro del canon Uruguayo del siglo XX, Juan Carlos Onetti, en cuanto a la naturaleza de las ficciones y, a la vez, a la derecha (la continuidad, digamos) de la ética onettiana del escritor, que es, en mi opinión, una de las anclas más poderosas a las que gustosamente atan sus piernas tantos escritores uruguayos de mi edad.
Una vez me dijiste que tenías ganas de mapear la literatura uruguaya joven. ¿Quiénes son los que te gustan más, los que te resultan más afines?
Pregunta difícil. En cuanto a la afinidad… quizá podría decirte que me siento un poco más afín a lo que hace Agustín Acevedo Kanopa (Antes del crepúsculo) o, en todo caso, a sus actitudes. Después te diría que reconozco el valor de una serie de escrituras y proyectos pero no me siento identificado con sus pautas. También podría decirte que por su trabajo sobre lo casi-fantástico y lo cotidiano, y también sobre el extrañamiento, el libro El increíble Springer, de Damián González Bertolino, me parece de lo más interesante que ha sido publicado por mi “generación” (y uso este término en el sentido más simple imaginable, el de “gente con más o menos la misma edad”); en ese sentido, me siento más afín a Damián que a Rodolfo Santullo y su trabajo con la novela negra, por ejemplo. Una lista de los mejores (o más interesantes) libros publicados desde el 2000 hasta acá por gente de mi edad debería incluir, en mi opinión, a Natalia Mardero y su Posmonauta (y también su Guía para un universo), a Jorge Alfonso y su Porrovideo (libro que, además, sincronizó su aparición con la de la editorial HUM –y en particular su sello Estuario–, lo que inició una nueva etapa de la literatura uruguaya), a Pedro Peña con su colección de cuentos de ciencia ficción Eldor, a Gabriel Schutz con su Rapsodia nocturna (también podría agregar a Schutz en mi lista de “afinidades”), a Fernanda Trías (como ya te dije) con La azotea, a Horacio Cavallo por su novela Oso de trapo (Cavallo representa quizá la línea más onettiana de la nueva literatura uruguaya), a Rodolfo Santullo con su novela Cementerio norte, a Martín Bentancor con su nouvelle El despenador, a Agustín Acevedo Kanopa por Antes del crepúsculo y pocos más. Me gustaría añadir a gente de una generación digamos inmediatamente anterior, como Pablo Dobrinin, que cultiva la literatura fantástica y slipstream (en la definición de Bruce Sterling), y también destacar a los escritores nacidos en la década de 1960, entre ellos Carlos Rehermann y Gustavo Espinosa. Otros libros de mi “generación” que me parecen valiosos (aunque no tan interesantes en el sentido de que no me parecen fundadores de un proyecto de escritura y/o de escritor) son Prontos listos ya, de Inés Bortagaray, Mecanismos sensibles, de Leonardo Cabrera, y Parir, de Andrés Ressia.
La vista desde el puente es parte de una trilogía. ¿Podés adelantar un poco las próximas novelas?
En rigor por ahora existen sólo como una nebulosa de notas y algunos fragmentos tentativos, ante todo porque estoy dedicándome a otras cosas: una novela no ucrónica y mucho más digresiva titulada El gato y la entropía #12 & 35, dos nouvelles (La novela de Mallarmé y Diario del fin del mundo), y dos ucronías a escala global (por ahora sin título). De todas formas, tengo especialmente claro que la tercera parte de la trilogía no será una novela convencional (en el sentido en que La vista… sí lo es, con un narrador casi siempre en tercera persona, que mantiene el hilo y la integridad del discurso), sino que apelará a una estructura quizá más fragmentada o erosionada; también sé que la acción transcurrirá en varias localizaciones, entre ellas Punta de Piedra. En ella desembocará la línea más maldororiana, por llamarla de alguna manera, y probablemente incluya íntegra la Confesión de Lautréamont/Ducasse. En cuanto a la segunda, transcurre en Montevideo y retoma el clima más policial –o de novela negra–, e involucra mucho más al personaje de Jorge Varlotta/Mario Levrero.
Publicada en HiperCrítico, el sábado 28 de enero de 2012
lunes, 9 de enero de 2012
"La vista desde el puente" por Ramiro Sanchiz
La entrevista en Suena Tremendo (Radio El Espectador), aquí.
miércoles, 7 de diciembre de 2011
Hablando con Ramiro Sanchiz
Por Sergio Gaut velHartman
SGH.¿Cómo empezó tu relación con la escritura?
RS: Empecé a escribir de niño, según mi familia dibujando pequeñas historietas y cuentos que por suerte no han sobrevivido excepto por un título en la memoria de mi abuela, “Los dos soldados”, del que recuerdo apenas haber pasado una tarde dibujando su portada sobre hojas arrancadas de algún cuaderno. Descubrí la ciencia ficción como género literario gracias a una entrevista a Isaac Asimov que leí en la revista Muy interesante allá por 1991; la serie de Fundación, los cuentos de robots y las novelas Los propios dioses y El fin de la eternidad fueron mis primeras lecturas del género, seguidas por 2001, Cánticos de la lejana Tierra, las antologías de Los premios Hugo, Crónicas marcianas, Farenheit 451 y una lista creciente cuyos títulos son fáciles de imaginar. Más o menos dos años después ya había descubierto a dos de mis autores favoritos: Philip K. Dick y J.G.Ballard, y también Neuromante y Dune, lecturas que han sobrevivido a la década y media que ha pasado desde que di con aquellos libros.
SGH.Además de la ciencia ficción, ¿te interesaron otros géneros y formas literarias?
RS.Hacia 1996 descubrí la poesía de T.S.Eliot, la obra de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, tres acontecimientos que cambiaron mi escritura y también mi vida. Al año siguiente empecé a estudiar filosofía en la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República, carrera que no he terminado (de hecho la abandoné a los dos años) pero que debo decir marcó mis lecturas y mi pensamiento, llevándome a conocer las ideas de Michel Foucault, Wittgenstein, Heidegger, Schopennhauer y el idealismo de Hume y Berkeley, a los que ya había accedido gracias a esa gran enciclopedia de miniaturas que es Borges. Tras esos dos años me anoté en la carrera de Letras, que cursé en su totalidad y terminó por llevarme a un desencanto casi diría visceral ante el mundillo académico. Pero, por suerte, también me sirvió para ampliar mis lecturas: Joyce, Proust, Pessoa, Pound, Onetti, Felisberto Hernandez, Barthes, Bloom, Bolaño, Auster, Pynchon, Faulkner, Mallarmé, Rimbaud, Lautreamont, Artaud, Breton, entre otros y no en este orden.
SGH.¿Puedes reconocer influencias precisas, a partir de tu formación, de tus estudios?
RS.Pasados los años creo que han permanecido esencialmente dos influencias, no en mi escritura, que es demasiado influenciable y que, además, quiero pensar como mutable y en perpetuo devenir (para bien o para mal) sino en mi ética ante la literatura, por decirlo de alguna manera. Me refiero a la entrega total al arte hecha carne en James Joyce y Mario Levrero y la literatura como indagación vital y apasionada en los aspectos recónditos de la psique y el pensamiento: William Burroughs, Philip K. Dick. Más la experiencia de vida hecha letras de los beatniks, que todavía se aparecen en mis sueños postergados de un largo viaje por las carreteras del mundo, que seguro más que viviendo terminaré escribiendo. Esos nombres permanecen: otros circulan, en el presente Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Michael Chabon, David Foster Wallace, Susanna Clarke, César Aira, David Mitchell y Georges Perec.
RS: Empecé a escribir de niño, según mi familia dibujando pequeñas historietas y cuentos que por suerte no han sobrevivido excepto por un título en la memoria de mi abuela, “Los dos soldados”, del que recuerdo apenas haber pasado una tarde dibujando su portada sobre hojas arrancadas de algún cuaderno. Descubrí la ciencia ficción como género literario gracias a una entrevista a Isaac Asimov que leí en la revista Muy interesante allá por 1991; la serie de Fundación, los cuentos de robots y las novelas Los propios dioses y El fin de la eternidad fueron mis primeras lecturas del género, seguidas por 2001, Cánticos de la lejana Tierra, las antologías de Los premios Hugo, Crónicas marcianas, Farenheit 451 y una lista creciente cuyos títulos son fáciles de imaginar. Más o menos dos años después ya había descubierto a dos de mis autores favoritos: Philip K. Dick y J.G.Ballard, y también Neuromante y Dune, lecturas que han sobrevivido a la década y media que ha pasado desde que di con aquellos libros.
SGH.Además de la ciencia ficción, ¿te interesaron otros géneros y formas literarias?
RS.Hacia 1996 descubrí la poesía de T.S.Eliot, la obra de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, tres acontecimientos que cambiaron mi escritura y también mi vida. Al año siguiente empecé a estudiar filosofía en la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República, carrera que no he terminado (de hecho la abandoné a los dos años) pero que debo decir marcó mis lecturas y mi pensamiento, llevándome a conocer las ideas de Michel Foucault, Wittgenstein, Heidegger, Schopennhauer y el idealismo de Hume y Berkeley, a los que ya había accedido gracias a esa gran enciclopedia de miniaturas que es Borges. Tras esos dos años me anoté en la carrera de Letras, que cursé en su totalidad y terminó por llevarme a un desencanto casi diría visceral ante el mundillo académico. Pero, por suerte, también me sirvió para ampliar mis lecturas: Joyce, Proust, Pessoa, Pound, Onetti, Felisberto Hernandez, Barthes, Bloom, Bolaño, Auster, Pynchon, Faulkner, Mallarmé, Rimbaud, Lautreamont, Artaud, Breton, entre otros y no en este orden.
SGH.¿Puedes reconocer influencias precisas, a partir de tu formación, de tus estudios?
RS.Pasados los años creo que han permanecido esencialmente dos influencias, no en mi escritura, que es demasiado influenciable y que, además, quiero pensar como mutable y en perpetuo devenir (para bien o para mal) sino en mi ética ante la literatura, por decirlo de alguna manera. Me refiero a la entrega total al arte hecha carne en James Joyce y Mario Levrero y la literatura como indagación vital y apasionada en los aspectos recónditos de la psique y el pensamiento: William Burroughs, Philip K. Dick. Más la experiencia de vida hecha letras de los beatniks, que todavía se aparecen en mis sueños postergados de un largo viaje por las carreteras del mundo, que seguro más que viviendo terminaré escribiendo. Esos nombres permanecen: otros circulan, en el presente Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Michael Chabon, David Foster Wallace, Susanna Clarke, César Aira, David Mitchell y Georges Perec.
SGH.Háblanos algo de tus primeros trabajos.
RS.Mi primer cuento de ciencia ficción (y mi primer cuento más o menos terminado, más bien menos que más) se tituló “Amanecer” y lo he perdido. También los que lo siguieron, hasta que me uní al entonces incipiente (ahora es aun menos que eso) Movimiento Uruguayo de Ciencia Ficción y Fantasía, que lideraba Roberto Bayeto y contaba con la participación de Pablo Dobrinin, entre otros escritores e ilustradores. Apareció así mi primer cuento publicado, “Hacia el norte”, en las páginas de Diaspar, la revista en la que pusimos bastante sudor, no menos dinero y muchas esperanzas. Éramos jóvenes e ingenuos. O al menos yo lo era. Pero más allá del naufragio de Diaspar y del Movimiento han sobrevivido amistades y algunas publicaciones, en Galileo, Axxón y Ad Astra. Después, pasando 1999, creo que abandoné la ciencia ficción y traté de acercarme a lo que de un modo bastante snob se suele llamar “literatura fantástica”; participé en concursos obteniendo doce o trece menciones anuales antes de lograr un primer premio en un momento en que obtenerlo me parecía lo peor que podía pasarme (todo llega cuando ya envejeció y murió nuestro deseo).
SGH.¿Sólo te interesó la literatura?
RS.No. Entre 2002 y 2006 integré varias bandas de rock alternativo y gótico, tocando en muchos escenarios under de Montevideo y también de Buenos Aires. De estas épocas –de las que querría decir, como Lou Reed, que no las recuerdo, pero dando a entender claramente que miento- sobrevivieron un puñado de anécdotas y dos o tres visiones que, infectado como estoy por el virus de la literatura, terminé llevando a las páginas de algún cuento o novela. O, mejor dicho, esos años me regalaron tres personajes que todavía habitan mis páginas y los pliegues de eso que de un modo un poco tonto seguimos llamando “yo”, como si fuera uno, como si fuera único. Y la música sigue siendo una gran influencia: David Bowie, los Beatles, Pearl Jam, Nirvana, los Smashing Pumpkins (el sueño de los 90, la nostalgia que acecha), Led Zeppelin, Bach, Debussy, Tool, Satie, A Perfect Circle, Vivaldi, Ravel, Metallica, U2, Stravinsky, Brian Eno, Philiip Glass, los Rolling Stones, Lorenna McKennit, Miles Davis, Keith Jarret, John Coltrane. Una influencia y una pasión subterránea. El recuerdo de una ucronía posible en la que seguí tocando y ahora no estoy respondiendo estas preguntas para Sergio Gaut VelHartman. En 2008, para llegar al presente, publiqué mi primera novela, 01.lineal, en la editorial Anidia de Salamanca, editores con los que he roto relaciones pero que, creo, siguen vendiendo mi libro. También ese año figuré en varias antologías de narradores uruguayos nuevos / jóvenes (aunque ya tengo 31 años) y empecé una carrera de periodista cultural que continúa estos días. A mediados de 2009 publiqué en Montevideo mi segundo libro, la novela Perséfone, que incluye un comic escrito por mí y dibujado por uno de los mejores dibujantes uruguayos: Matías Bergara. Quizá podría pensar que el 2009 marca de alguna manera mi regreso a la ciencia ficción, gracias a algunas publicaciones en Axxón, Intercom SF, Artifex, Letralia y Revista Narrativas.
RS.Mi primer cuento de ciencia ficción (y mi primer cuento más o menos terminado, más bien menos que más) se tituló “Amanecer” y lo he perdido. También los que lo siguieron, hasta que me uní al entonces incipiente (ahora es aun menos que eso) Movimiento Uruguayo de Ciencia Ficción y Fantasía, que lideraba Roberto Bayeto y contaba con la participación de Pablo Dobrinin, entre otros escritores e ilustradores. Apareció así mi primer cuento publicado, “Hacia el norte”, en las páginas de Diaspar, la revista en la que pusimos bastante sudor, no menos dinero y muchas esperanzas. Éramos jóvenes e ingenuos. O al menos yo lo era. Pero más allá del naufragio de Diaspar y del Movimiento han sobrevivido amistades y algunas publicaciones, en Galileo, Axxón y Ad Astra. Después, pasando 1999, creo que abandoné la ciencia ficción y traté de acercarme a lo que de un modo bastante snob se suele llamar “literatura fantástica”; participé en concursos obteniendo doce o trece menciones anuales antes de lograr un primer premio en un momento en que obtenerlo me parecía lo peor que podía pasarme (todo llega cuando ya envejeció y murió nuestro deseo).
SGH.¿Sólo te interesó la literatura?
RS.No. Entre 2002 y 2006 integré varias bandas de rock alternativo y gótico, tocando en muchos escenarios under de Montevideo y también de Buenos Aires. De estas épocas –de las que querría decir, como Lou Reed, que no las recuerdo, pero dando a entender claramente que miento- sobrevivieron un puñado de anécdotas y dos o tres visiones que, infectado como estoy por el virus de la literatura, terminé llevando a las páginas de algún cuento o novela. O, mejor dicho, esos años me regalaron tres personajes que todavía habitan mis páginas y los pliegues de eso que de un modo un poco tonto seguimos llamando “yo”, como si fuera uno, como si fuera único. Y la música sigue siendo una gran influencia: David Bowie, los Beatles, Pearl Jam, Nirvana, los Smashing Pumpkins (el sueño de los 90, la nostalgia que acecha), Led Zeppelin, Bach, Debussy, Tool, Satie, A Perfect Circle, Vivaldi, Ravel, Metallica, U2, Stravinsky, Brian Eno, Philiip Glass, los Rolling Stones, Lorenna McKennit, Miles Davis, Keith Jarret, John Coltrane. Una influencia y una pasión subterránea. El recuerdo de una ucronía posible en la que seguí tocando y ahora no estoy respondiendo estas preguntas para Sergio Gaut VelHartman. En 2008, para llegar al presente, publiqué mi primera novela, 01.lineal, en la editorial Anidia de Salamanca, editores con los que he roto relaciones pero que, creo, siguen vendiendo mi libro. También ese año figuré en varias antologías de narradores uruguayos nuevos / jóvenes (aunque ya tengo 31 años) y empecé una carrera de periodista cultural que continúa estos días. A mediados de 2009 publiqué en Montevideo mi segundo libro, la novela Perséfone, que incluye un comic escrito por mí y dibujado por uno de los mejores dibujantes uruguayos: Matías Bergara. Quizá podría pensar que el 2009 marca de alguna manera mi regreso a la ciencia ficción, gracias a algunas publicaciones en Axxón, Intercom SF, Artifex, Letralia y Revista Narrativas.
En este momento estoy escribiendo una novela (en realidad una novela monstruosa que opté por descomponer en novelas más breves, nouvelles y cuentos) cuyos protagonistas son, entre otros, esos tres personajes que ya he mencionado como subproductos (aunque el término es bastante feo) de mis años de guitarrista. Y también –en rigor el proyecto es el mismo- algunos cuentos que, articulándose, forman un abanico de ucronías hilvanadas por un personaje que se repite en todos esos mundos, siempre el mismo y siempre distinto, y que es el narrador de mis novelas publicadas y de muchos cuentos, entre ellos “Duendes”, publicado en Axxón a principios de 2009, y “Estrategias”, publicado en el número 13 de la revista online Letralia. Quisiera también poder escribir para esta entrevista una sentencia que comience por “creo” y no suena a una mala parodia del gran J.G.Ballard, y decir asi que creo en la literatura (y en especial la ciencia ficción) como un perpetuo indagar en los límites del lenguaje, del pensamiento, del alma (si es que existe, y podríamos decir también mente o psique o lo que quieran), de eso que llamamos “mundo” o “realidad” y que es el concepto que menos entendemos. Que creo que los misterios centrales son el yo y el tiempo, que acaso sean el mismo. Que creo en la mirada triste de algunas mujeres en el recuerdo y el presente, que, como Jim Morrison y William Blake, creo en el exceso. Que creo que la maravilla, el misterio y la belleza son tres nombres para lo mismo, algo que existe en el segundo movimiento del Cuarteto en Fa mayor de Ravel, en la voz de David Bowie, en cada página y cada línea de VALIS, de Philip Dick, en el destino de Mallarmé y su poesía espléndida, en el destino de Arturo Belano y Ulises Lima, en el destino de Artaud, Nerval y Hölderlin. Y también creo que conocer es imposible, que todo es ficción, que nada es real sino hasta que está escrito y una vez escrito es mentira, es ficción. Y también creo en la amistad, en las noches compartidas con amigos por los pasillos de la ciudad, borrachos hasta las orejas buscando esa alma secreta y siempre elusiva de la experiencia sea a través del amor, del sexo, de las drogas o de la música. Y me gusta pensar que no he buscado sólo, que he encontrado amigos y amores (mi esposa Fiorella, antes que nadie), algunos de ellos de “carne y hueso” y otros entre las páginas de los libros (porque creo con todo mi corazón que esa distinción es en rigor inútil): Phil, Marcel, Hank, Mario, Arturo, Ulises, Axel y su tío, Stephen, Emma, Justine, Leopold, Ahab, Sal, Horatio.
Pasé muchos años de mi vida pensando en el futuro, para encontrar que ese futuro o bien llegó y no fue bien distribuido o bien llegó a mi país pero no ha pasado la aduana. O bien nunca existió y sólo nos queda esperar como las cosas no cambian. Quizá en algún momento muchos de nosotros dejamos de creer en el futuro, y ante semejante despecho el futuro nos abandonó. No me interesa reaccionar contra la tecnología pero tengo claro que no somos ni mejores ni más felices por las posibilidades que nos dan la última tarjeta de video o el último modelo de móvil. No me gusta escribir a mano, pero si tuviera que acostumbrarme lo haría. Me gusta poder escuchar a Bowie cuando quiero, pero también añoro una época en la que ver a Bach ante su clavicémbalo podía ser un acontecimiento único en la vida, y por eso quizá podría hacer decir a algún personaje que las cosas tienen que costarnos para que dejen su huella en nosotros, que, como dijo Lezama Lima, sólo lo difícil es estimulante.
No tengo más planes que seguir escribiendo y seguir leyendo. Soy muy feliz haciéndolo, quizá más feliz leyendo que escribiendo, pero no podría no escribir. También soy feliz escuchando música y viendo cine, y despertando todas las mañanas (o mejor mediodías) con mi esposa a mi lado. Por lo que planeo insistir en todo ello. Quizá ahora puedo pensar que más personas leen lo que escribo que hace cinco o diez años, y aun no descifró la sensación que eso despierta en mí. No es felicidad, porque en rigor a todos nos basta o debería bastarnos con escribir, ni es sólo curiosidad, aunque hay una gran inquietud ante el destino de mis textos, ante la mínima vida que se les permite o permitirá tener. Mario Levrero, uno de los escritores que más admiro, dijo “uno publica un libro, y luego no pasa nada. Pero con el tiempo te das cuenta de que publicar, por lo menos, trae más amigos a tu vida”.
Pasé muchos años de mi vida pensando en el futuro, para encontrar que ese futuro o bien llegó y no fue bien distribuido o bien llegó a mi país pero no ha pasado la aduana. O bien nunca existió y sólo nos queda esperar como las cosas no cambian. Quizá en algún momento muchos de nosotros dejamos de creer en el futuro, y ante semejante despecho el futuro nos abandonó. No me interesa reaccionar contra la tecnología pero tengo claro que no somos ni mejores ni más felices por las posibilidades que nos dan la última tarjeta de video o el último modelo de móvil. No me gusta escribir a mano, pero si tuviera que acostumbrarme lo haría. Me gusta poder escuchar a Bowie cuando quiero, pero también añoro una época en la que ver a Bach ante su clavicémbalo podía ser un acontecimiento único en la vida, y por eso quizá podría hacer decir a algún personaje que las cosas tienen que costarnos para que dejen su huella en nosotros, que, como dijo Lezama Lima, sólo lo difícil es estimulante.
No tengo más planes que seguir escribiendo y seguir leyendo. Soy muy feliz haciéndolo, quizá más feliz leyendo que escribiendo, pero no podría no escribir. También soy feliz escuchando música y viendo cine, y despertando todas las mañanas (o mejor mediodías) con mi esposa a mi lado. Por lo que planeo insistir en todo ello. Quizá ahora puedo pensar que más personas leen lo que escribo que hace cinco o diez años, y aun no descifró la sensación que eso despierta en mí. No es felicidad, porque en rigor a todos nos basta o debería bastarnos con escribir, ni es sólo curiosidad, aunque hay una gran inquietud ante el destino de mis textos, ante la mínima vida que se les permite o permitirá tener. Mario Levrero, uno de los escritores que más admiro, dijo “uno publica un libro, y luego no pasa nada. Pero con el tiempo te das cuenta de que publicar, por lo menos, trae más amigos a tu vida”.
Publicada en BEM Online, 2010
Otra visión de la historia desde la novela
Por Matías Castro
MC.En estos años has logrado un despegue en cuanto a publicaciones fuera del país, y has publicado más fuera que dentro. Como te definís o ubicás en el panorama local?
MC.Hubo algo de la realidad actual que te haya movido o que hayas querido reflejar?
MC. Al final del libro hay una suerte de árbol con tu bibliografía, explicame un poco eso y la conexión de esta novela con los demás.
MC.Sentís que hay algún punto o tema común en lo que has hecho? Aunque no sea explícito para el lector, tal vez haya algo que a vos te mueve mientras escribís que está presente en todo.
MC.Si bien no es El sueño de Hierro en cuanto a delirio, es también una distopía y califica como ciencia ficción. Considerás que la popularidad de la ciencia ficción en literatura es baja en Uruguay o también en el mundo? Pienso en cuestiones de escala, aunque la cf en eeuu sea popular, supongo que sus ventas son ínfimas frente a lo que puede vender la non fiction (el libro de bush, por ejemplo).
(Versión completa de la entrevista publicada el sábado 3 de diciembre de 2011 en El País, Montevideo)
MC.En estos años has logrado un despegue en cuanto a publicaciones fuera del país, y has publicado más fuera que dentro. Como te definís o ubicás en el panorama local?
RS.Bueno, vos sabés que yo he pensado bastante en el mapa de la literatura uruguaya reciente; incluso publiqué por ahí cosas al respecto. En cuanto a mi “lugar” en ese territorio, lo que se me ocurre contestarte es que me siento más cerca de un Agustín Acevedo Kánopa que de un Valentín Trujillo, por ejemplo. Con Pedro Peña comparto el gusto por lo fantástico y la ciencia ficción, pero su proyecto como escritor incluye una búsqueda de versatilidad (de ahí que Pedro últimamente haya publicado novelas policiales, por ejemplo) que yo no siento como parte de mi perfil. Lo fantástico también me acerca a Pablo Dobrinin, y quizá a Gabriel Schultz; por otro lado, lo que podría llamar mi “proyecto demente a gran escala” –es decir el hecho de que todas mis ficciones tienen como protagonista, y a veces narrador, al mismo personaje y van armando una suerte de mosaico de historias alternativas-, creo que me coloca en un lugar bastante diferenciado o diferenciable. Hace poco estuve en Madrid, en un encuentro de escritores, y Rodrigo Fresán, que moderaba la mesa en la que me tocó participar, preguntó, un poco para provocar supongo, si los escritores que estábamos allí reunidos (todos menores de 36 años, entre ellos Patricio Pron, Carlos Llabé, Tryno Maldonado, Samanta Schweblin) búscabamos escribir la “gran novela” o la “novela total”, en el sentido que se le da a este término en relación a ficciones de gran escala, como 2666 de Bolaño. Todos respondieron que no, casi como si se tratara de disciplina partidaria, todos dijeron que no les interesaba, y yo me sentí un bicho raro, porque en cierto modo no busco otra cosa.
MC.Cómo surgió La vista desde el puente, ya que fue escrita en un plazo relativamente breve? De dónde surgió la idea?
MC.Cómo surgió La vista desde el puente, ya que fue escrita en un plazo relativamente breve? De dónde surgió la idea?
RS.Siempre me interesaron las ucronías, o novelas de historia alternativa, y hace un año y medio o dos años, un domingo, conversando con mi padre se me ocurrieron tres escenarios posibles: José Batlle y Ordoñez moría en 1904; la última dictadura comenzaba con una guerra civil; y Artigas, tras una serie de victorias militares, gobernaba tiránicamente a un país integrado por los actuales territorios de Uruguay, Río Grande del Sur, Corrientes y Entre Ríos. La primera opción todavía me rehúye; sobre la segunda escribí una novela, La historia de la ciencia ficción uruguaya, que espero se publique en 2012, y una nouvelle, Nadie recuerda a Mlejnas, que se publicó en La Plata a principios de este año. Pero la historia concreta de La vista desde el puente comenzó una tarde de febrero en que fui a visitar a mi editor y amigo Martín Fernández, de Estuario y HUM; yo tenía ganas de publicar algo con él este año, y como a veces sus planes se dilatan un poco en el tiempo, se me ocurrió una estratagema para apurarlo un poco: escribir una novela policial para su colección Cosecha roja, donde ya habían publicado Rodolfo Santullo y Pedro Peña. En sus oficinas improvisé un argumento ambientado en la historia alternativa de Artigas tirano, y logré interesarlo. Volví a casa y empecé a escribir. Ese mes, más o menos, terminé una primera versión, que aceptó poco después con ciertas reservas, en su mayoría sugerencias de Marcela Saborido, que dirige la colección. Junto a (y muchas veces deliberadamente ignorando) otras observaciones de Juan Manuel Candal, mi editor en La Plata, a quien le pasaba diariamente las páginas que escribía, y de Amir Hamed, armé una segunda versión en julio, y todavía después una tercera en octubre, que fue, para bien o para mal, la que entró a la imprenta.
MC.Hubo algo de la realidad actual que te haya movido o que hayas querido reflejar?
RS.No sé si de la realidad “actual”. Me interesa la construcción de la noción de un pueblo, por ejemplo, cosa que veo especialmente en los uruguayos que se consideran descendientes de charrúas y extraen conclusiones al respecto, en su mayoría vinculándolas a una presunta idiosincrasia uruguaya, en un tipo de razonamiento que no comparto. No porque esa gente (en la que podría incluirme si rastreo con cuidado mi árbol genealógico) no posea determinados genes rastreables científicamente sino porque ante todo eligen creer en una ficción, como tantos otros “pueblos”, que me parece una suerte de cárcel. En mi novela hay algo de eso, porque en esta historia los charrúas –en realidad un conglomerado creado artificialmente a partir de muchos grupos, cosa que queda clara en mi novela- no fueron exterminados y debieron construir su identidad de una manera muy diferente a lo que vemos hoy en nuestro país. También me interesa, y es un tema relacionado, la manera en que son presentados ciertos mitos… Artigas, el Bicentenario, a los que siempre me consideré profundamente escéptico, por decirlo de un modo solemne.
MC. Al final del libro hay una suerte de árbol con tu bibliografía, explicame un poco eso y la conexión de esta novela con los demás.
RS.Como te dije recién, todas mis novelas están vinculadas por una serie de personajes y situaciones, pero en lugar de presentar una historia única, construyo una red de variantes. Por ejemplo, en Perséfone Federico conoce a dos chicos que tocan en una banda de rock glam-alternativo y se une a ellos como guitarrista; en Nadie recuerda a Mlejnas, los descubre debido a un texto periodístico que está escribiendo, y si bien comienza a frecuentarlos, jamás hace música con ellos. En cierto sentido Perséfone transcurre en “nuestra” realidad, en “nuestra” historia; no así Nadie recuerda a Mlejnas, que transcurre en un mundo en el que la dictadura se prolongó hasta 1989, hubo una guerra civil entre 1973 y 1979 y por poco tiempo existió la separatista República de Tacuarembó. El esquema que incorporé a La vista desde el puente a modo de apéndice o nota bibliográfica ordena un poco los libros y las historias, y dice más o menos cuales transcurren en la misma línea. La idea no fue mía, sino que me fue sugerida por Juan Manuel Candal, como diciéndome que si lo hacía podía poner las cosas un poco más fáciles para los lectores. Me pareció divertido y le hice caso.
MC.Sentís que hay algún punto o tema común en lo que has hecho? Aunque no sea explícito para el lector, tal vez haya algo que a vos te mueve mientras escribís que está presente en todo.
RS.¿En todas mis ficciones, decís? Supongo que los puntos en común no son pocos: el amor por la música, la idea de que la realidad es mucho más compleja de lo que imaginamos… no sé. ¿Y qué me mueve a escribir? Siento que estoy armando una suerte de enorme diorama o mural, y que además de divertirme estoy usando estos relatos para pensar, para aclarar mis ideas o incluso para mutarlas.
MC.Si bien no es El sueño de Hierro en cuanto a delirio, es también una distopía y califica como ciencia ficción. Considerás que la popularidad de la ciencia ficción en literatura es baja en Uruguay o también en el mundo? Pienso en cuestiones de escala, aunque la cf en eeuu sea popular, supongo que sus ventas son ínfimas frente a lo que puede vender la non fiction (el libro de bush, por ejemplo).
RS.Si te gustó El sueño de hierro entonces te va a gustar La historia de la ciencia ficción uruguaya, que espero se publique el año que viene. En cuanto a la ciencia ficción como literatura en alta o en baja, te cuento que no me interesa en lo más mínimo. Detesto, además, el tipo de razonamiento que dice “la CF es un género agotado porque tal y cual cosa”. Primero, no la percibo como un género sino como literatura general (en base a que carece de un set de temas específicos y de un lenguaje particular); segundo, siempre que alguien decretó como agotado algo se equivocó. A principios de siglo XX daban por agotada la física; luego vinieron Einstein y Planck y cambiaron todo. Ahora, si me preguntás por la situación en Uruguay, lo cierto es que los editores locales le tienen miedo a la CF, o a lo que creen que es la CF; Raviolo, por ejemplo, un tipo sumamente respetable, cometió errores garrafales en el prólogo a Eldor, de Pedro Peña, un compilado de cuentos que tiene mucho de ciencia ficción. Le tienen miedo y la ignoran, en gran medida. De hecho sólo conozco una excepción.
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